LA NOCHE CON EL NÁUFRAGO DEL MAR DEL NORTE, por Catalina Alonso

“S” llegó a la hora y al sitio de encuentro con una camisa azul claro y una sonrisa con el potencial de encantar a cualquiera. Después del saludo de rigor y ya en un bar mínimamente agradable, ese día nos explicamos en el inglés más ‘polite’ posible, la autobiografía de cortesía que se hace en una mal llamada cita de sábado noche. Por regla no escrita, da igual que los datos expuestos en esas circunstancias sean veraces o contrastables.

Como la mayoría, tengo una debilidad por lo hermoso: S resultó tan guapo como en su foto de perfil online y, si con los minutos terminaba siendo un ególatra aburrido y sin sustancia, yo podía escapar con la siempre válida excusa de “lo siento, es tarde, he quedado”. Tenía como plan B a la Noche de Los Museos, con una Barcelona abriéndose con poco pudor a desconocidos hasta más allá de la medianoche… Otra one night stand en stand by.

Mientras caminábamos por Carrer de Fontanella me robó un beso en la esquina con la Vía Laietana. A unos 100 metros nos encontramos a un guiri inconsciente tirado en la acera. S se detuvo a ver si reaccionaba, a preguntarle de dónde era, si estaba solo y dónde se hospedaba. De la nada apareció el compañero de cogorza y se fueron tambaleando en dirección contraria a La Rambla, donde supuestamente estaba su hotel.

Su preocupación era auténtica. Si S vive una nueva adolescencia es porque tuvo la serendipia de tener un hijo cuando era muy joven. Entonces solía llamarse accidente. Quizás no fue la decisión más sensata, pero ahora en la segunda mitad de su vida, sin la pareja (o parejas) de las que ha prescindido y con los ingresos que sí desea, goza de la libertad que le regala una prole adulta. Aquello del karma quizás se cumple de vez en cuando…

Llegamos a su piso minimalista. En su cómoda abedul sólo tenía 3 fotos. Sus paredes y sus sábanas eran blancas, casi brillantes, y si él no se hubiera expuesto con tanta frecuencia al sol mediterráneo, no habría presumido de aquel bronceado que disimulaba bastante bien su origen nórdico, aunque contrastaba con el decorado de la franquicia con la que comparte gentilicio.

La oscuridad era más intensa que la luna llena y por unos minutos fui “la muchacha en la ventana” de Dalí en ese pequeño balcón exterior, apoyada en una balaustrada de hierro de principios del siglo pasado. No me molestaba su cigarrillo, ni el frío primaveral por mi desnudez, ni mucho menos la suya.

“…No quiero decir por ‘dama’,

las cosas que (él) me dijo…”

Ni las que hicimos – parafraseando a García Lorca -, aunque sí he de dejar constancia que me perdí en su piel de ex-marine con una capa de vello dorado, que su sudor me supo a maná y que podía haber usado sus muslos para retozar sin prisas durante aquella noche fresca de Mayo.

Me contó cosas profundamente personales y me mostró una foto de su padre de 1975 y otra de su crío (calculé que de hacía unos 15 años), emocionado, reviviendo el momento de la última imagen como si estuviera de nuevo allí. La cama, aún en su versión más efímera, siempre es el mayor de los confesionarios.

A la cuarta cerveza de la noche nos contamos (o cantamos) al unísono, con las lenguas pesadas y justo antes de mezclarse: ‘I’m so not into relationships’. Hace 10 años yo hubiera tenido un crush de chick flick movie, de esos con muchos clichés cursis y absurdos como en The Notebook o How to Lose a Guy in 10 Days, pero a mis middle thirties me fue inconcebible repetir un encuentro con aquel dios gamberro que me robó una noche de sueño.

Abrazar a un desconocido, aún después del sexo más sórdido, manifiesta una intimidad inexistente; de allí a que evite hacerlo bajo el dulce anonimato, pero al acabar las batallas no pude negarle ‘to cuddle’ y menos cuando me lo pidió con esa voz de náufrago que debe usar cuando le apetece tener compañía.

Me quedé dormida hasta el amanecer y se dio cuenta que marchaba porque me fue imposible abrir la puerta de media tonelada sin despertarle a la salida (oh, sí, sólo me faltaron los platillos).

El centro de Barna al alba está plagado de gente tanteando un regreso digno a sus camas en medio de borracheras y monchis, chapoteando el agua que trata de limpiar la suciedad y la vergüenza de otra jornada de excesos, entre pilas de basura, risas en varios idiomas y taxistas trasnochados. Me abrí paso esquivando a los viandantes, con el sabor de Baldur en mi paladar, victoriosa de mi propia placentera trifulca con sus respectivos arañazos y moretones, superviviente de una tormenta del Mar del Norte en la penumbra de pleno centro de la Ciudad Condal.

Catalina Alonso

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