Le veo en la distancia y él hace ese ademán (que no llega a gesto) completamente innecesario para que le distinga en el sitio de encuentro. Yo fiel a mi gentilicio me apuro a darle un abrazo incómodo y a decirle lo mucho que me alegra verle.

D no sabe lo que significa ni cuánto valoro la deferencia de que me hable en Español o Castellano, o en este idioma que le escuece en la lengua y que sin embargo no deja de hacerle honor a su voz resonante.

El tiempo le sienta bien. Las canas que yo empeño en esconder con amoniaco a él le dan un toque señorial que le hace aún más agradable a mi vista. Será por esa elegancia natural con la que nacen algunos, la misma que cree que tiene que forzar vistiendo siempre tonos oscuros.

Se pide la Voll Damm de rigor y yo debería hacer lo propio, pero es duro trabajar una larga jornada desde primera hora con resaca. Es triste que los besos que nos hemos robado han sido en medio de sendas borracheras.

 
catalina alonso

 

Hay poco que contar de nuestra Alma Mater. Le escucho y sólo me vienen buenos recuerdos… No puedo precisar sin embargo cuando fue la primera vez que deseé conocerle en otro(s) momento(s) vital(es).

Y baja la cebada con disertaciones divergentes. Siempre. Es la única persona que me place que me lleve la contraria; entre más vehemente mi aseveración, más enérgico su argumento opuesto. En otras circunstancias – insisto, en cualquier otro contexto – mandaría a mi interlocutor a la mierda (interna o externamente), pero en cambio sus interpelaciones me cuelan como el agua helada entre los surcos de mi Cordillera Andina tan amada y tan imposible. Como él.

Y continúa el ritual. La proximidad sin tocarnos. La mirada que nunca logro disimular. El comentario sin terminar. Las verdades que nos duelen. El silencio incómodo.

Un testigo cualquiera diría «¿qué coño hace este par en una mesa sin apuñalarse?, ¿cómo pueden jactarse de ser amigos?, y peor aún, ¿cómo quedan voluntaria y sistemáticamente?». Debajo de aquel espectáculo yace la más profunda de las admiraciones y un respeto que no cabe en ese restaurant en el corazón de Gràcia. Yo lo echaría a patadas (al respeto) y se lo faltaría ante la menor flaqueza, pero paradójicamente la inflexibilidad que lo impide es lo que le me atrae más que su voz de trueno, o sus convicciones profundas e inalienables, o su moral a prueba de encarnizadas batallas consigo mismo.

 
catalina alonso

 

Él busca prolongar la jornada. La última vez hasta contuvo su fobia a mi bicho en respuesta a la invitación a mi espacio, no a mi piso ni a mi falta de pudor, sino a eso: a mi espacio. Es su forma de hacerme saber mi lugar en sus afectos a falta de palabras o acciones más elocuentes. Soy yo la que le despide, pero me encantaría encontrar su tatuaje entre mis sábanas.

Y así termina otra breve jornada en su compañía, a sabiendas de que repetiremos en unos meses cuando nos pensemos a la vez sin ningún desencadenante concreto (juro que siempre es así), aunque ni nosotros mismos sepamos porqué, aunque siempre tenga el mismo desenlace.

 

Catalina Alonso

Catalina Alonso

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